martes, 25 de marzo de 2008

Diagnósticos

La visita periódica al neuropediatra (habitual desde 2004) siempre nos pone nerviosos. Comprendo que para ellos, posiblemente, tratar con enfermos es algo tan aséptico como lo que nosotros podamos hacer en nuestro trabajo diario, y por eso suelen decir cosas bastante duras en ocasiones con poca delicadeza. En nuestro caso, dos neuropediatras han visto a nuestro hijo. Una mujer que siempre es correcta, aunque seria, y un pedazo de cafre al que creo importunamos en nuestra primera visita porque no pudimos cambiarle la hora de la consulta y seguramente se tuvo que ir antes de tiempo. Un señor que sólo se fijó en el número que había salido de la prueba WPPSI para comentar que nuestro hijo estaba al borde del retraso mental y que deseó "suerte" a mi mujer cuando salió de la consulta añadiendo que "los había peores" (en ese momento aguardaba para entrar un niño con parálisis cerebral).

Por suerte, una vecina trabaja en la administración del hospital y siempre nos consigue que quien la vea sea la médico y no ese elemento, al que parece ser han debido de llamar la atención (ella nos dijo que "ahora estaba muy suave"). Ayer mismo hubo visita, con más de lo mismo. Lenta evolución, estereotipos, comportamiento compulsivo, falta de atención, etc. Mi mujer, que al no poder ir yo por mi trabajo tuvo que acudir sola, indicó a la neuropediatra que la próxima semana el equipo psicopedagógico especial iba a evaluar la situación del niño en el colegio y sugirió que a ver si de esa manera se fijaba ya un diagnóstico.

La médico contestó que ya había un diagnóstico: "espectro autista". Pero, ¿decir eso es decir algo? ¿No es un cajón de sastre demasiado grande? A mí me parece que es como cuando uno va al médico a preguntar qué tiene y le contestan: "un virus". La novedad es que una vez ese equipo haya valorado la situación, la médico considera la posibilidad de recetar un medicamento para mitigar en parte la falta de atención...

También nos dijo que a medida que crezca "se le va a notar más". No es que esto me sorprenda, porque yo mismo lo he pensado. Un niño de ocho años que se te acerque y con tono de voz extraño te diga sin venir a cuento "se ha roto la manilla de la puerta del trastero" o "el abuelo quitó la telaraña de la puerta" puede que haga gracia. Si es un adolescente de quince años que mida 1,80, ya será otra cosa. Pero yo confío en que a medida que se haga mayor él comprenda cuál es su problema y aprenda a controlarlo.

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